De cuando Stoya habló sobre privacidad en el New York Times

Hace varios meses nos haciamos eco de la publicación de un artículo firmado por la pornstar Kayden Kross en el prestigioso diario New York Times y comentábamos que la californiana no era la única actriz de cine para adultos en haber gozado de ese privilegio puesto que Stoya también lo consiguió un tiempo antes. Pues bien, hoy casualmente nos hemos topado con ese otro artículo y queremos compartirlo con todos vosotros por considerarlo tremendamente interesante.

Desde su experiencia, Stoya nos habla sobre la privacidad, sobre su concepción de lo que representa tener un nombre artístico y sobre la importancia de no precipitarse emitiendo juicios prematuros acerca de las personas. Reflexiones de lo más útiles para cualquiera, pero especialmente para todos aquell@s que estén considerando aventurarse en el sector pornográfico.

A continuación os facilitamos una transcripción aproximada del escrito. Para acceder al texto original podéis hacerlo a través de este link.

¿PODEMOS APRENDER SOBRE PRIVACIDAD DE LAS ESTRELLAS PORNO?

No esperaba convertirme en una estrella porno. La gente raramente lo hace. Tenia 19 años y al fotógrafo con el que compartía habitación le ofreció una web comprarle algunas fotos de desnudo. Hicimos una sesión y después esperamos dos semanas por si me entraba el pánico al saber que iban a haber fotos mías desnuda corriendo por el mundo. Pero eso no ocurrió, así que me dispuse a revisar la documentación necesaria a cumplimentar. En una de las casillas decía «Nombre Artístico (si procede)».

Los nombres artísticos son comunes en la industria del entretenimiento – ya sea en Hollywood, el rap o la pornografía – y se utilizan por varias razones. Pero en una época en la que la gente puede ser quien quiera en Internet, en la que todos negociamos quiénes somos, en qué entorno y para qué audiencia, de alguna manera la combinación de una mujer que se dedica a la fantasía y su fantasioso nombre profesional pueden hacer que la gente pierda la cabeza.

Consideremos la reciente histeria con la estudiante de la Universidad de Duke que de la noche a la mañana se ha convertido en una estrella del cine adulto. A pesar de que no pasó mucho tiempo después de que sus compañeros de estudios y otros divulgasen su nombre legal en la red, «la estrella porno de Duke» como la llamaron los medios, trató de controlar cómo y dónde la mencionaban. Utilizó el seudónimo de Lauren en las entrevistas, y el de Aurora como nombre artístico en esas mismas entrevistas. Finalmente esta semana reconoció su nombre artístico actual: Belle Knox.

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Todo este jaleo no tiene por qué ser tan dramático como la gente parece pensar. Para mí, escoger un nombre artístico no me hizo sentir tanto como si ocultase mi identidad (especialemente desde que tuve que comenzar a darle mi número de la Seguridad Social a extraños) sino más bien como decidir un nombre de usuario para una página o servicio web.

Elegí Stoya porque estaba ahí. Era el diminutivo del nombre de soltera de mi abuela, y mi madre lo consideró antes de llamarme Jessica Savitch, la presentadora de noticias. Pronunciado en alto, Stoya sonaba con un buen equilibrio entre fuerte y femenino. Lo sentía legítimamente mío por la historia familiar. El dominio stoya.com era propiedad de un agente de seguros, pero nunca pensé que fuese a necesitar mi propio sitio web.

No era una voluptuosa sex symbol ni una exótica ‘glamazona’ (N. del T.: Contracción utilizada para referirse a las chicas atractivas de cierta altura). ¿Cómo de grande sería el mercado para jovencitas paliduchas con extravagantes gustos sartoriales y miembros nervudos?. Esperaba que mis orificios fuesen visibles en alta definición por cualquiera con una conexión a Internet. No hacer una carrera como intérprete de videos hardcore ni mucho menos salir en portadas de revistas o ser reconocida habitualmente por la calle. Hubiese sido rabiosamente narcisista asumir que podría tener más de 150.000 seguidores en Twitter por dedicarme al porno. Pero ocho años después, eso es exactamente lo que ha ocurrido.

No todos los que actúan en el cine adulto utilizan nombre artístico. Tera Patrick ha declarado que cambió legalmente su nombre para que coincidiese con el profesional. Unos pocos usan su nombre legal completo; otros mantienen su nombre de pila adoptando un apellido único o sugerente. Siguen usando Love o Star, algunas veces con originales grafías, y yo respaldaría un veto de 10 años por la iteración de cada uno.

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Junto a los deseos para diferenciarse de artistas en campos similares, aumentar la facilidad de la ortografía y la pronunciación o transmitir una determinada imagen, algunos intérpretes toman un nombre artístico con el fin de hacerse más difíciles de reconocer. Esto quizás funcionase en los 70, pero con la facilidad de acceso a contenidos adultos en Internet y lo fácilmente que cualquiera puede encontrar información jugosa sobre el pasado online de otro, no creo que esto vuelva a funcionar nunca más.

Soy integrante del APAC, un comité que ofrece educación y soporte legal a los intérpretes de forma igualitaria. En el video «101 – Introducción al Porno«, mis colegas explican: “Hay una gran posibilidad de que todos tus conocidos vean estas imágenes o se acaben enterando” y “No esperes que tu nombre legal permanezca en secreto, y un nombre artístico no impedirá que le gente te reconozca”.

Mi nombre artístico es menos para reservar partes de mí misma o salvaguardar mi privacidad, simboliza la idea de que soy algo más que mi trabajo o cualquier otra vertiente aislada de mi identidad.

Los desconocidos que me llaman Jessica en apariciones comerciales se me inclinan demasiado cerca para decirlo. Lo silban como si dipusiesen de información ultra secreta. Todo lo que están haciendo es demostrarme que han invertido 30 segundos en Google y que no tienen sentido de la propiedad – que puede sonar gracioso viniendo de una mujer que flagrantemente lo ignora para sí misma. Suelen ser las mismas personas que se refieren a mis orificios como «eso» en lugar de «tu», como si la parte del cuerpo en cuestión estuviese correteando alrededor de un corral en lugar de estar adjunta a una persona con autonomía y libre albedrío.

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Sí, hay una paradoja en que voluntariamente me dedique a un trabajo que me reduce a unas cuantas facetas sexuales pero a la vez espere ser reconocida como persona multifacética fuera de él. Participo en una ilusión de fácil acceso físico, y a veces los productos se asocian con esa ilusión – los videos y las replicas en silicona de mis organos sexuales (en serio, y son lo suficientemente populares como para proporcionarme la mayor parte de mis ingresos) – hacen, de hecho, que una persona exista sin apego al libre albedrío o la autonomía.

Pero esta misma falta de contexto es algo que puede experimentar cualquiera de nosotros. Es lo que ocurre cuando cualquier tweet desafortunado o foto embarazosa de Facebook se vuelve viral. Hace diez años, yo habria juzgado a las personas por el transcurso de varias conversaciones. Ahora las evalúo basándome en algunos fragmentos de su presencia en las redes sociales. Tanto si os retratáis profesionalmente como símbolos sexuales o como respetables miembros de la Asociación de Padres y Alumnos, todos hacemos ahora este tipo de auto-branding.

Tal vez fuese más sencillo navegar por las fronteras disueltas entre los espacios públicos y privados si todos tuviéramos una variedad de nombres que identificasen los aspectos de lo que queremos mostrar. Y quizás debiésemos recordar que la primera impresión de una persona es solo una pequeña muestra de lo que realmente es.

Fuente | New York Times
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