Soy un hombre de 43 años y esto es lo que he aprendido del porno

A principios de esta semana un diario español publicaba un artículo de opinión titulado «Soy un hombre de 36 años y esto es lo que el porno me ha enseñado a lo largo de mi vida» el cual ha sido ampliamente compartido y comentado por las redes. En un tono abiertamente abolicionista, su autor enumera una cantidad aberrante de falacias y clichés rancios acerca de la pornografía, señalando como salvador de su moralidad al movimiento feminista. Para comprender lo inocuo de su mensaje simplemente basta con cambiar el género cinematográfico al que se refiere, pero en estos tiempos de clickbait y del «que hablen bien o mal pero que hablen» ni si quiera voy a considerar que esta sea la opinión real del firmante. Lo que sí me preocupa es la influencia que este artículo pueda ejercer sobre quiénes lo lean, y no me refiero a los detractores del porno —para esos no hay argumento que valga— sino a esas personas que se encuentran en una zona gris de pensamiento y aún no se han generado una opinión clara sobre el tema.

Tengo 43 años y consumo porno desde hace casi tres décadas. Probablemente he visto más porno del que este buen hombre verá en toda su vida y os puedo garantizar que existe un buen motivo por el cual la pornografía está restringida a mayores de dieciocho. Y no es por lo obsceno o perturbador de sus imágenes sino porque requiere de un mínimo de madurez para comprender que lo que se está representando es ficción, es una hipérbole diseñada para el puro entretenimiento. Si realmente piensas que «un ojo lleno de semen las vuelve locas» es que quizás te faltó un cuarto de hora en la incubadora. Se llaman actores porque representan un papel, quizás no sea Shakespeare y para ti probablemente no tengan ningún mérito, pero eso no invalida el hecho de que tomar ese material como referente para uso en la vida real es tan absurdo como pretender aprender a conducir con la saga «The Fast & The Furious».

Debemos proteger a los menores de la exposición al porno, en eso estamos de acuerdo, de la misma forma que debemos restringir su acceso a todos aquellos contenidos que puedan confundirlos o traumatizarlos. Sin embargo, pretender cambiar la industria pornográfica o hacerla responsable de esa carga es tan ilusorio como esperar que McDonald’s se encargue de que los niños coman verdura. Parecemos olvidar que el porno no es una ONG, no es responsable de educar a nadie, es un negocio como otro cualquiera y funciona bajo la ley de la oferta y la demanda. Si actualmente predominan los productos centrados en el placer masculino es porque los consumidores mayoritarios son hombres, y si el porno mainstream de repente se endurece o muestra fetichismos ‘extraños’ quizás habría que echar un vistazo a la sociedad y preguntarse qué cojones le está pasando.

En Internet hay porno para todo tipo de gustos, pero pretender cambiar la corriente general por las preferencias de una minoría, es mucho pretender. Y que conste que no soy partidario de la mayoría de prácticas que se enumeran en el artículo, no me gusta ver el sufrimiento ajeno aún a sabiendas que es fingido y consensuado pero, en lugar de poner el grito en el cielo, cambio de canal y busco algo con lo que me sienta cómodo. Si tanto nos preocupa el bienestar de esas pobres mujeres ¿por qué no luchamos para que su profesión sea reconocida legalmente y puedan disponer de beneficios sociales como la Seguridad Social o la prestación por desempleo?.

Mi experiencia con el porno es diametralmente opuesta a la que expone este periodista, aunque asumo que no es lo habitual dado que, de alguna manera, formamos una pequeña parte de esta industria y hemos tenido acceso a información privilegiada de primera mano. Para mí, aparte del uso recreativo que se le suele dar, el porno ha resultado ser un vehículo de crecimiento personal que me ha incentivado valores como el respeto o la tolerancia, y esas son las lecciones que tengo intención de transmitir a mi hijo de siete años, además de guiarle para que, llegado el momento, goce de una vida sexual sana y plena, con o sin porno (eso lo decidirá él).