«Bienvenidos a Zombieland» de Ruben Fleischer

De todos es bien conocido que los virus mutan, pero ¿quien iba a pensar que el siguiente paso en la evolución del mal de las vacas locas iba a ser convertir a los humanos en muertos vivientes? Con este simple y absurdo planteamiento se nos presenta la premisa de ‘Zombieland’ y lo cierto es que no son necesarias más explicaciones porque esta no es una de esas películas; aquí se va a por materia y de lo que se trata es de machacar zombies, esos simpáticos y voraces personajes protagonistas de las más enfermas fantasías freaks y que, a juzgar por su proliferación en la cartelera, parece que cada vez cuentan con más adeptos.

En un mundo en el que los humanos han pasado de estar en lo más alto de la pirámide alimentaria a lo más bajo, la supervivencia se ha convertido en la principal prioridad y de esto sabe mucho Columbus (Jesse Eisemberg), el típico universitario freak e introvertido que sigue vivo por cumplir a rajatabla su libretita de normas. En su travesía por la destartalada Texas se encontrará con su némesis: Talahasse (Woody Harrelson), imprudente, descerebrado y temerario personaje que se ha adaptado inmejorablemente a su entorno disfrutando de las pequeñas cosas que se le van ofreciendo (como destrozar zombies de las maneras más cafres que puede). El equipo se completará con las hermanas Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin) dos pícaras embaucadoras cuyo destino es llegar a un parque de atracciones de Florida del que se dice que está libre de zombies.

Como habéis podido comprobar, el argumento no es que sea un reclamo demasiado alentador (al igual que pasa con el trailer que están emitiendo por televisión), sin embargo confiad en mí cuando os digo que estamos ante una de las comedias de zombies más descacharrantes que tendréis el privilegio de ver. Una digna competidora para el film de culto ‘Shaun of the Dead’, quizás con un humor más grueso que el que se suelen gastar los ingleses, pero con una calidad sobresaliente en su desarrollo. Además, si esto lo complementamos con un cuidado exquisito en la fotografía, un inteligente uso de la cámara lenta y la banda sonora que mezcla el rock más cañero con temas de folclore más tradicional, tenemos una explosión de júbilo para los sentidos, una sinfonía de caos, vísceras y destrucción que satisfacerá a los paladares más exigentes.

Una inmejorable carta de presentación para los guionistas Rhett Reese y Paul Wenick que junto con la dirección de Ruben Fleischer han conseguido que, sin tiempo apenas para comprobar la recaudación en taquilla, tengan un numeroso grupo de interesados clamando a sus puertas por una secuela, que esperamos sea más pronto que tarde.