«The Raid» de Gareth Evans

Cuando pienso en ‘The Raid‘ (ahora rebautizada como ‘The Raid: Redemption‘) se me llena la boca con tantos elogios que no sé ni por donde empezar. Creedme que no exagero cuando digo que nos encontramos ante una de las mejores películas de acción de la última década. Y soy consciente que a priori puede costar de creer: ¿una película indonesa? ¿con un argumento tan simple? Pues si, amigos, ‘The Raid‘ consigue mantenerte clavado en la butaca durante sus 101 minutos de duración, alternando escenas de la más trepidante acción con situaciones de tensión de las de morderse los nudillos, y donde además hay cabida para una pincelada de drama y un par o tres de giros argumentales.

La palabra clave es: Pencak Silat. Mientras el director galés Gareth Evans rodaba un documental sobre este arte marcial tradicional indonés, conoció al campeón nacional Iko Uways y enseguida saltó la chispa entre ellos. Gareth convenció a Iko para que abandonase su sueño de convertirse en futbolista profesional y rodase con él ‘Merantau’ (proyectada en el Festival de Sitges en el 2009). En ella Iko interpreta a un estudiante de Pencak Silat que en la última etapa de su entrenamiento debe hacer una especie de viaje de enriquecimiento personal que básicamente consiste en irse a la ciudad de Yakarta con lo puesto y poco más. Allí se topa con la típica chica en apuros y al ayudarla se gana la enemistad de unos mafiosos que trafican con personas. Como podéis observar, ‘Merantau’ no brilla por su originalidad, pero resulta una excelente carta de presentación, tanto de las habilidades físicas de Uways (al que muchos han bautizado como el nuevo Tony Jaa) como del enfoque de Evans para rodarlas con dinamismo y acierto.

En ‘The Raid’ regresa el mismo tándem pero con los deberes mejor hechos: mucho más espectacular, mucho más violenta y mucho menos dramática (alerta spoiler). Iko interpreta a un integrante novato de un grupo policial de asalto que debe ‘sanear’ un edificio donde un mafioso ha montado su particular hotel del hampa. Como es de suponer, en un punto determinado, la misión se tuerce y quedan atrapados a merced de lo peorcito de la ciudad. Y a partir de ahí una carrera desesperada por la supervivencia mientras poco a poco se destapan pseudo-tramas que complican la situación…

Pero no os destripo más, centrémonos en lo que importa: tollinas como panes. Violencia espectacular a la par que cruda y, por otra parte, real, porque ¿quién se preocupa de dar una patada bonita cuando quince tipos con cuchillos jamoneros se pelean por sacarte las entrañas?. Pues no señor, le metes con lo primero que tengas a mano en el primer sitio que se te presente: ¿para qué clavar un machete en una pierna cuando puedes hacer eso y además desgarrarle el cuádriceps? o ¿para qué vas a arriesgarte a que un tío se levante si puedes vaciarle el cargador a quemarropa en su puta cara?. Y mientras Iko se entretiene repartiendo, Gareth Evans nos presenta esta sinfonía de destrucción con la elegancia de una pieza musical, poniendo la cámara en el ángulo más espectacular y utilizando inteligentemente el recurso de la cámara lenta en los momentos de mayor tensión y dramatismo.

En fin, si con todo esto aún no os he convencido para que corráis en masa al cine, no sé que más argumentos os puedo dar. Yo por mi parte guardaré siempre con estima el recuerdo de aquella tarde de visionado donde los aplausos y ovaciones retumbaron en la sala Retiro de Sitges.